Julio y sus días de fiesta nos demostraron una vez más que la Guelaguetza nunca se siente igual.
Habitamos en los días tempranos de agosto, que nos recuerdan que el centro de Oaxaca rara vez está en silencio o en calma. Y que más allá de los escenarios y de las calendas a las que nos acostumbramos a diario, la cultura se sostiene todos los días en las comunidades.
Se sostiene de la gente que borda, que hace arte con sus manos, de quienes comparten su cocina, protegen su lengua y conservan sus rituales. Generación tras generación.
Sabemos que Oaxaca despierta admiración para quienes nos visitan y agradecemos a las personas que se acercan con sensibilidad y respeto.
En Hilo de Nube creemos en esa belleza que permanece más allá de una fecha oficial de máxima celebración: creemos en la belleza que nace de la memoria y del vínculo con los que estuvieron antes que nosotras.
La Guelaguetza nos recuerda algo importante: nuestra cultura no existe para ser solo parte de una fotografía, sino para ser valorada y disfrutada por todas las personas que la mantienen viva.

